Tras meses de espera y con las entradas agotadas desde hace tiempo, llegó por fin el 4 de septiembre a Barcelona, acompañado de uno de los conciertos más esperados del año. Quizás no tan publicitado ni mediatizado como el que dieron U2 hace tan sólo unas semanas, pero a fin de cuentas uno de los shows estrella del calendario cultural de la ciudad.
Hablamos, cómo no, del concierto que Coldplay dio en el estadio olímpico de Lluís Companys, otrora Montjuïc. Un estadio Lluís Companys que ya a las seis de la tarde, y con amenazas constantes de lluvia, empezaba a llenarse poco a poco.

Estadio Olímpico Lluís Companys
Que entre Coldplay y Barcelona existe una sensación de complicidad tampoco es nada nuevo. Mientras los ingleses proclaman abiertamente las muchas bondades de la ciudad catalana, cierto equipo de primera línea mundial adopta Viva la Vida como himno de un año repleto de triunfos. No es de extrañar entonces que en los exteriores del estadio hubiera carteles anunciando que este era el concierto elegido para ser grabado como DVD del Viva la Vida Tour.
Los ánimos de las casi 63.000 personas que allí iban a reunirse no necesitaban más excusa para animarse aún más si cabe.
Los prolegómenos del concierto daban comienzo a eso de las 19.00 con unos The Sunday Drivers que supieron captar la atención de buena parte del público que ya estaba congregado en plena pista. Los toledanos autores del ya conocido On my mind, sin demasiada estridencia (y bastante monotonismo, me atrevería a señalar), supieron entretener y cumplir de sobra con su papel de teloneros.
Peor suerte correrían The Flaming Lips. La media hora que se pasaron acondicionando y preparando el escenario con pantallas, instrumentos y demás parafernalia, se convirtió en su propio hype particular. Tras empezar con buen ritmo y una buena puesta en escena, sus derroteros psicodelico-alternativos no parecieron ser del agrado del público, que a la cuarta canción ya empezaba a cantar los coros ‘wo-o-ooo-oo-o-oianos’ de Viva la Vida.
Tras los aperitivos musicales, con unos minutos de retraso sobre la hora señalada, y tras finalizar los compases del Danubio Azul straussiano, los focos del estadio se apagaban al tiempo que empezaba Life in Technicolor.
¿Y el concierto qué tal?
Luces y sombras. Buenas luces. Quizás demasiadas sombras.
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