Hay pequeñas buenas películas escondidas por el mundo del celuloide. Películas para nada comerciales que pasan sin pena ni gloria por las salas de cine, y que a veces da la casualidad de que se alinean los planetas y terminamos por descubrirlas.
Para mí Cashback es una de esas películas.

Cashback nació en 2004 como un corto de Sean Ellis de 18 minutos de duración. En él, Ben Willis empieza a trabajar en el turno de noche de una cadena inglesa de supermercados, y para que el tiempo fluya más rápido, imagina que puede congelarlo súbitamente.
Sean Ellis ganó el premio a la mejor dirección en cuatro o cinco festivales e incluso llegó a estar nominado a la sección de cortos de los Oscar de 2005, por lo que al menos algo de trascendencia logró conseguir gracias a él. Así pues, en 2006 decidió expander la idea del guión de Cashback y lo transformó en un largometraje hecho y derecho.

Ben Willis, interpretado por Sean Biggerstaff, que os sonará por hacer de Oliver Wood en las películas de Harry Potter, es un estudiante de arte que al comenzar la película vemos cómo rompe con Suzy, su novia de los últimos años. Debido a ello, Ben se inmunizará contra el sueño (vamos, que caerá en un insomnio recalcitrante). Pasará las noches tirado en la cama de la residencia de estudiantes viendo cómo pasa cada hora y cada minuto en el reloj de su mesilla de noche.
Cansado de estar perdiendo todas las horas de cada noche de cada día, decide invertirlas comenzando a trabajar en el turno de noche de Sainsbury’s, una cadena de supermercados británicos, a cambio de un sueldo (un cashback, de hecho).
Trabajando en el supermercado, conocerá a una panda de pintorescos personajes que también trabajan allí, desde el resto de sus compañeros reponedores hasta el histriónico jefe de la tienda.

Pero para Ben las noches se siguen haciendo eternas, así que desarrolla un método para que el tiempo pase más rápido: lo detiene y deja fluir la inspiración en sus cuadernos de bocetos.
La historia de Cashback es una de esas historias que puede que no sorprendan por originales. Querer observar la belleza de lo cotidiano y plasmarla en arte ya se ha visto anteriormente (American Beauty sin ir más lejos), pero la manera de contarlo todo es, cuanto menos, agradable.
El único pero que le encuentro a la película son leves concesiones (apenas dos o tres) al humor juvenil que a mi parecer no le hacen falta a la película para echar a volar por sí misma pero que tampoco la desvirtúan en absoluto.

Mención especial a la música instrumental e intimista de Guy Farley que le da otra capa más de encanto a la película, imposible (al menos yo no lo he conseguido) de encontrar en CD, a pesar de que existe una banda sonora de la película con la recopilación de canciones que va sonando a lo largo del metraje.
Banda sonora gracias a la cual descubrí algunas buenas canciones. Os dejo con dos de ellas.
———
Röyksopp – What else is there?
———
Grand Avenue – She
Entradas relacionadas:












